La selva tropical es testigo silencioso de incontables historias perdidas para siempre entre las miles de generaciones y millones de habitantes amazónicos que recorrían sus llanuras, ríos y pantanos. Es testigo también de epopeyas de supervivencia y perseverancia. Francisco de Orellana, Lope de Aguirre, Isabel Grandmeson de Godin, Percy Fawcet, la ciudad de Fordlandia de Henry Ford y el sacrificio de Alejandro Labaka son un puñado de ejemplos de que la selva tropical ofrece triunfo e inmortalidad, pero también dolor y fracaso, frente al inherente instinto de exploracion humana.
Es en este contexto que la selva tropical posee una contradicción esencial entre primitivismo y desarrollo. Entre la incontenible naturaleza de la naturaleza y el ingenio humano por superarse y dominar a la misma. Porque por un lado la selva tropical ha subyugado el avance humano a las dificultades de la supervivencia mas básica. Así lo atestiguan cientos de pueblos y culturas que se han mantenido hasta nuestros días con dificultad en lo que se podría definir como una edad de piedra.
Mientras que en la Mesopotamia, en el valle del río Indo, en las estepas chinas y las islas mediterráneas, la tierra y la naturaleza brindaban al hombre aquellas herramientas necesarias para elevar su pensamiento, en el corazón de la selva las culturas se han mantenido congeladas en el tiempo. Porque la Amazonía es una contradicción en sí misma: rica en recursos genéticos, increíblemente diversa en las estructuras y mecanismos de la vida, pero inesperadamente hostil a la vida misma, en especial a la vida humana.
Fueron el concebir de estas condiciones las que muy posiblemente llevaron al cineasta Werner Herzhog a decir de las selvas tropicales lo siguiente: "No hay armonía en el universo, debemos familiarizarnos con esta idea de que no hay una armonía real como la hemos concebido. Pero cuando digo esto, lo digo lleno de admiración por la jungla. No es que la odio, la amo, la amo mucho, pero la amo contra mi mejor juicio."
Porque al final de cuentas, y en palabras de Carl Sagan, el Cosmos está también en el interior nuestro, estamos hechos de materia estelar, nosotros somos la vía del Cosmos para conocerse a sí mismo. Es decir que, según Sagan y como muchos estarán de acuerdo, el conocimiento, la ciencia y los libros, son testimonio de que somos conciencia en el universo. Porque al final de cuentas la selva sin la ciencia nada es.
14/03/2010
08/03/2010
Religión: estos días en los diarios (III)
Fue un domingo sangriento (link, cita, cita). Un grupo de desquiciados bajaron de las montañas gritando el nombre de un dios imaginario, diciendo que éste es muy grande, mientras asesinaban a mujeres y niños. Dice el periodista que “hasta ahora no se conoce con certeza” el porqué estos difícilmente humanos hicieron la estupidez que hicieron. El motivo se llama sencillamente religión. Aunque en el Vaticano hipócritamente lo nieguen y digan que es un conflicto de índole social, la razón se halla en ese ser imaginario que tantos unos como otros tienen metido en lo más profundo de su entendimiento. Porque la religión divide, porque la religión justifica la muerte de los herejes, infieles, idólatras, y todos aquellos congéneres que resultan ser distintos por el simple azar. Porque la religión, como todas las creencias imaginarias de naturaleza cultural, se establece más por geografía y temporalidad que por cualquier otra cosa. Si naciste en india eres hindú, si naciste en Mesopotamia eres musulmán, si naciste en China eres confucionista, si naciste en Japón eres taoísta, si naciste en Europa eres cristiano, si naciste en Inglaterra eres protestante, si naciste en Italia eres católico, etc. De esta manera sigue la absurda comedia humana del matar y morir por alguien que nunca existió.
14/01/2010
Frustración
Un día cualquiera en el Yasuní, un grupo de estudiantes jóvenes, soñadores e inexpertos, pero de intención y espíritu positivo, lo que se necesita para que una sociedad crezca sana y feliz. Algunos estudiando el comportamiento nocturno de los insectos, otros midiendo la concentración de dióxido de carbono en el suelo y otros trabajando con los indígenas Wuaorani, dándoles a cambio dinero, una fuente de ingreso (y sustanciosa en la gran mayoría de casos!).
La historia es que uno de esos estudiantes, una chica joven y llena de energías positivas, estaba en la casa de un indígena. Se encontraba hablando con la hija de este indígena, preguntándole cosas relacionadas a su régimen alimenticio (estudian el efecto que la cacería tiene sobre los pocos monos que aún quedan). A cambio de que la niña indígena completara un cuestionario cada día, recibiría a cambio un dólar. Un cuestionario sencillo, no más de 15 minutos, un incentivo para la niña y unos dólares para las cosas que a ella puedan gustarle.
Llega el padre, le pregunta a nuestra estudiante que es lo que está haciendo, la estudiante responde, el padre escucha, y su escaza conciencia se deja llevar por el odio, el rencor, la frustración, la avaricia, la codicia, el individualismo; en fin, todos los males que corrompen a las personas. El padre empieza a gritar, le dice a nuestra estudiante que ella gana mucha plata y que también le tiene que pagar a él (sin importarle un comino la ayuda y el incentivo para su propia hija). Del español cortado cambia a su propia lengua y su tono de voz se vuelve un rugido insoportable, un griterío irrespetuoso y bestial. Finalmente extiende su manaza y la mete entre las piernas de nuestra estudiante. La familia, que presencia este sórdido espectáculo del macho bestial y primitivo, ríe, incluyendo la niña. Nuestra estudiante grita y sale corriendo de la casa, se refugia cerca de un puente en el carretero, esperando que algún automóvil pase a rescatarla.
¿Qué es lo que pasa en el Yasuní? ¿Por qué tanta violencia, avaricia, irrespeto y salvajismo? ¿Qué tienen en la mente algunos de sus habitantes? Tales reacciones, pienso yo, son solo muestras del rencor y frustración almacenadas de un grupo de hombres que han visto sus vidas cambiar radicalmente de la pobreza silvestre a la pobreza globalizada. Muchos de ellos esconden en sus almas el resentimiento de no tener, de carecer; en fin, de sentirse pobres en el centro geográfico de mayor importancia económica para el país.
La historia es que uno de esos estudiantes, una chica joven y llena de energías positivas, estaba en la casa de un indígena. Se encontraba hablando con la hija de este indígena, preguntándole cosas relacionadas a su régimen alimenticio (estudian el efecto que la cacería tiene sobre los pocos monos que aún quedan). A cambio de que la niña indígena completara un cuestionario cada día, recibiría a cambio un dólar. Un cuestionario sencillo, no más de 15 minutos, un incentivo para la niña y unos dólares para las cosas que a ella puedan gustarle.
Llega el padre, le pregunta a nuestra estudiante que es lo que está haciendo, la estudiante responde, el padre escucha, y su escaza conciencia se deja llevar por el odio, el rencor, la frustración, la avaricia, la codicia, el individualismo; en fin, todos los males que corrompen a las personas. El padre empieza a gritar, le dice a nuestra estudiante que ella gana mucha plata y que también le tiene que pagar a él (sin importarle un comino la ayuda y el incentivo para su propia hija). Del español cortado cambia a su propia lengua y su tono de voz se vuelve un rugido insoportable, un griterío irrespetuoso y bestial. Finalmente extiende su manaza y la mete entre las piernas de nuestra estudiante. La familia, que presencia este sórdido espectáculo del macho bestial y primitivo, ríe, incluyendo la niña. Nuestra estudiante grita y sale corriendo de la casa, se refugia cerca de un puente en el carretero, esperando que algún automóvil pase a rescatarla.
¿Qué es lo que pasa en el Yasuní? ¿Por qué tanta violencia, avaricia, irrespeto y salvajismo? ¿Qué tienen en la mente algunos de sus habitantes? Tales reacciones, pienso yo, son solo muestras del rencor y frustración almacenadas de un grupo de hombres que han visto sus vidas cambiar radicalmente de la pobreza silvestre a la pobreza globalizada. Muchos de ellos esconden en sus almas el resentimiento de no tener, de carecer; en fin, de sentirse pobres en el centro geográfico de mayor importancia económica para el país.
27/12/2009
El Islam y los jóvenes educados
Era un estudiante modelo, amable y comprensivo, pero quiso volar un avión con sus 289personas (link1 link2). No quiso volar el ave de acero en el sentido literal de la palabra, sino que quiso asesinar a 289 conciencias inocentes de las perversiones religiosas de una mente corrompida por la mentira y la credulidad. Su nombre es Umar Faruk Abdulmutallab, y es una víctima y victimario más del Islam, una creencia religiosa que convierte a hombres de futuros brillantes en asesinos salvajes, dispuestos a estallar aviones, trenes, edificios, y otras obras del ingenio humano con todo aquel que se encuentre dentro. Lo increíble es que Umar, al igual que esos locos desquiciados que derribaron las Torres Gemelas en Nueva York, era un hombre educado y de familia pudiente. La religión lo corrompe todo, sin importar el origen socio-económico de las personas. Es más, parece haber un fenómeno digno de estudio, que hace de hombres jóvenes, con futuros prometedores y sin necesidades económicas, potenciales asesinos en masa. Todo en nombre de un ser imaginario.
29/11/2009
Cultura y reproducción
Puedo arriesgarme a inferir, con un 95% de intervalo de confianza, que la mujer promedio wuaorani posee entre 5 y 9 hijos. Aunque, para ser sinceros, creo que tal cifra es generosamente conservadora, muchas mujeres de este grupo indígena poseen una cantidad mayor de vástagos. Tal medida en la cantidad de hijos es escandalosamente alta para la mujer promedio de cualquier ciudad del siglo XXI. Fácilmente el solo pensar con 5 o 9 hijos debe desencadenar sensaciones de pesadilla para toda mujer que sabe lo difícil de la vida, lo costoso del vivir, y lo riesgoso de malgastar la cortedad de una existencia que es ardua por demás.
La diferencia entonces, entre la mujer promedio wuaorani y la mujer promedio de cualquier ciudad, debe radicar muy posiblemente en uno de dos factores. El primero que para la mujer wuaorani la vida es más sencilla, más rica en oportunidades y más bondadosa en alimento y recursos para sus hijos, comparativamente a la mujer de la ciudad. El segundo, que esta última sabe que la vida es valiosa, que todo tiene un costo y que hay que esforzarse por una calidad de vida mejor para ella y para sus eventuales vástagos.
Es difícil poder sostener la veracidad de la primera hipótesis, porque la realidad del campo es una de carencias, hambre y frustración. Porque toda mujer wuaorani es efectivamente una hembra reproductora, sumida en la ignorancia acerca de la vida y su valor. Su vida muchas veces depende de la voluntad del macho que es su pareja, de aquel hombre brutal y selvático que es su única fuente de protección y alimentación. Porque la mujer de la ciudad, con mayor acceso a educación y una perspectiva de vida más amplia y prometedora, sabe que un rosario de hijos a la espalda no es la elección más óptima para una mejor calidad de vida. Es más, existe prueba de que la relación entre el número de hijos y el nivel socio-económico de una mujer es del tipo inversamente proporcional. Mientras más pobre e ignorante una mujer es, más hijos que cargar a su espalda.
Una mujer estudiada, una mujer de ciudad y con un nivel socio-económico lo suficientemente alto, piensa en su futuro de manera distinta que una mujer sumida en la pobreza y la ignorancia. Para la primera existen retos que la segunda no puede ni siquiera soñar. Por eso la segunda se dedica a la única labor existencial que puede justificar el hecho de ser; es decir, la segunda se convierte en una reproductora, con cada hijo una razón para vivir, una razón para esforzarse, una justificación para el sufrir. Desde el punto de vista más básico y salvaje, su razón de ser está plenamente justificada. Desde un punto de vista verdaderamente humano y trascendental, su existencia es simplemente animal, brutal y quizás un desperdicio.
Dicho esto, no creo que exista esperanza para un bosque tropical como el Yasuní. Son demasiados niños, demasiados pobres, futuros delincuentes, pordioseros y prostitutas. Hombres y mujeres frustrados que se convertirán en parte del ya inmenso problema que se cierne sobre la humanidad y su frágil civilización. El problema no es que seamos demasiados, el problema es que hay demasiada ignorancia, y con la ignorancia de la mano la pobreza, el hambre, la guerra, la injusticia y el horror.
Frecuentemente, a la vista de una wuaorani, un vástago a la espalda, un niño inocente que se merece una mejor vida, pero que con seguridad será carnaza de la injusticia, la explotación y la pobreza más terrible. Frecuentemente, a la vista una wuaorani con un sufrir a la espalda.
No hemos dejado de ser los animales que fuimos, pero algunos hemos logrado, ya sea por suerte o por esfuerzo, o por una combinación de los dos, posponer y sojuzgar nuestros instintos, para bogar por un mundo mejor y racional. Pero muchos no han logrado salir de aquellas cadenas bestializadoras de la pobreza y la ignorancia. Siguen viviendo de la selva y en la selva, sujetos a esas fuerzas universales, que lejos de ser hostiles, tampoco son favorecedoras, son simplemente indiferentes a la muerte y al sufrimiento de la pasajera y volátil vida humana.
La diferencia entonces, entre la mujer promedio wuaorani y la mujer promedio de cualquier ciudad, debe radicar muy posiblemente en uno de dos factores. El primero que para la mujer wuaorani la vida es más sencilla, más rica en oportunidades y más bondadosa en alimento y recursos para sus hijos, comparativamente a la mujer de la ciudad. El segundo, que esta última sabe que la vida es valiosa, que todo tiene un costo y que hay que esforzarse por una calidad de vida mejor para ella y para sus eventuales vástagos.
Es difícil poder sostener la veracidad de la primera hipótesis, porque la realidad del campo es una de carencias, hambre y frustración. Porque toda mujer wuaorani es efectivamente una hembra reproductora, sumida en la ignorancia acerca de la vida y su valor. Su vida muchas veces depende de la voluntad del macho que es su pareja, de aquel hombre brutal y selvático que es su única fuente de protección y alimentación. Porque la mujer de la ciudad, con mayor acceso a educación y una perspectiva de vida más amplia y prometedora, sabe que un rosario de hijos a la espalda no es la elección más óptima para una mejor calidad de vida. Es más, existe prueba de que la relación entre el número de hijos y el nivel socio-económico de una mujer es del tipo inversamente proporcional. Mientras más pobre e ignorante una mujer es, más hijos que cargar a su espalda.
Una mujer estudiada, una mujer de ciudad y con un nivel socio-económico lo suficientemente alto, piensa en su futuro de manera distinta que una mujer sumida en la pobreza y la ignorancia. Para la primera existen retos que la segunda no puede ni siquiera soñar. Por eso la segunda se dedica a la única labor existencial que puede justificar el hecho de ser; es decir, la segunda se convierte en una reproductora, con cada hijo una razón para vivir, una razón para esforzarse, una justificación para el sufrir. Desde el punto de vista más básico y salvaje, su razón de ser está plenamente justificada. Desde un punto de vista verdaderamente humano y trascendental, su existencia es simplemente animal, brutal y quizás un desperdicio.
Dicho esto, no creo que exista esperanza para un bosque tropical como el Yasuní. Son demasiados niños, demasiados pobres, futuros delincuentes, pordioseros y prostitutas. Hombres y mujeres frustrados que se convertirán en parte del ya inmenso problema que se cierne sobre la humanidad y su frágil civilización. El problema no es que seamos demasiados, el problema es que hay demasiada ignorancia, y con la ignorancia de la mano la pobreza, el hambre, la guerra, la injusticia y el horror.
Frecuentemente, a la vista de una wuaorani, un vástago a la espalda, un niño inocente que se merece una mejor vida, pero que con seguridad será carnaza de la injusticia, la explotación y la pobreza más terrible. Frecuentemente, a la vista una wuaorani con un sufrir a la espalda.
No hemos dejado de ser los animales que fuimos, pero algunos hemos logrado, ya sea por suerte o por esfuerzo, o por una combinación de los dos, posponer y sojuzgar nuestros instintos, para bogar por un mundo mejor y racional. Pero muchos no han logrado salir de aquellas cadenas bestializadoras de la pobreza y la ignorancia. Siguen viviendo de la selva y en la selva, sujetos a esas fuerzas universales, que lejos de ser hostiles, tampoco son favorecedoras, son simplemente indiferentes a la muerte y al sufrimiento de la pasajera y volátil vida humana.
Etiquetas:
conservación,
cultura,
educación,
hijos,
instinto,
reproducción,
vástagos,
wuaorani,
Yasuní
16/11/2009
La relatividad de valores en las culturas humanas
El día de hoy, lunes 16 de Noviembre 2009, una niña de tres años murió repentinamente en la madrugada, parte de los 7 hijos de una Huaorani llamada Carmela, y que vive en el Parque Nacional Yasuní. De lo que me pudieron contar, fue un caso de insolación. El sol ha estado en su mayor fulgor estos días, aquí en la selva, con temperaturas que alcanzan los 49 grados centígrados. No hay lluvias y es posible sentir como el aire arde con tan solo caminar unos pocos pasos.
Según supe también, la niña había permanecido a la intemperie con sus padres todo el día anterior, mientras éstos se dedicaban a pescar en una de las playas de los tantos ríos que hay por aquí. Entre risas, otros huaoranis vecinos de la familia en luto, me supieron decir que esta niña era esa que "se peleaba con los gallos", porque tenía una cicatriz aparentemente causada por uno de estos animales.
Puede ser tan solo mi impresión subjetiva, pero no puedo evitar una cierta sensación terrorífica de sopresa, porque las muertes no han dejado de ocurrir en el Yasuní, de manera ocasional, esporádica, azarosa si se puede decir, pero de todas maneras, demasiadas frecuentes para mi gusto.
Sorpresa es también la sensación que me causa saber que la niña murió, aparentemente y hasta donde he podido saber, por insolación. Pienso en los padres de esta niña. ¿Cómo pudieron dejar a una bebé a la intemperie, bajo el sol, por tanto tiempo? Una posible respuesta sean sus otros 6 hijos, tal vez agobiados con tanta responsabilidad, su escasa atención no bastó para poder brindar un poco de sombra a la pequeña criatura. ¿Acaso esta muerte tenga también un componente cultural? ¿Qué tan buenos padres son los huaoranis? ¿Qué historia cultural, que necesidades o condiciones, determinan el amor y cuidado que las diferentes culturas alrededor del mundo dedican a sus hijos?
La ley de la selva sencillamente rige su ciega e inexorable voluntad sobre todo ser vivo, simplemente es el más fuerte el que sobrevive y deja descendencia. Pero como ser humano, nacido y críado en una ciudad moderna, me niego a creer que esta fuerza darwiniana se aplique por igual a nosotros los seres humanos. Me niego a aceptar una fuerza brutal y ciega, porque tengo razonamiento y se de nuestra capacidad de someter el ambiente, porque creo en un mundo mejor, de justicia, porque necesariamente creo que estamos aquí para ser felices y no para sufrir.
Pero aquí está la clave del asunto. Porque no todos los seres humanos somos iguales, porque unos han tenido la suerte de nacer en culturas más justas y consientes del valor de la vida, la justicia, el trabajo, la igualdad, la libertad de pensamiento. Porque algunos seres humanos han sido lo suficientemente afortunados de haber nacido en culturas rodeadas por las condiciones geográficas y ambientales necesarias para un desarrollo acelerado hacia el bienestar y una vida más plena y llevadera.
Pero hay otros grupos humanos que lamentablemente han nacido en lugares difíciles, en medio de culturas que posiblemente sean el reflejo de las carencias de su medio. La selva tropical es una paradoja, aparentemente tan rica en vida, pero al mismo tiempo tan pobre y agresiva para la gente (1). Porque el valor de la vida no es definitivamente la misma para todas las culturas del mundo. En este sentido, la muerte parecería variar en intensidad y gravedad dependiendo de qué tan valiosa es la vida para unos u otros grupos humanos.
Así pasa un día en la selva, donde la vida y la muerte son solo un fenómeno más de esta intrincada red de causas y efectos. Porque la naturaleza no tiene nada de buena, pero tampoco de mala, tan solo es irremediablemente insensible a nuestra conciencia, a nuestro conocer de la muerte, de sabernos finitos y pasajeros. Porque en la selva los animales, las plantas, los insectos, todo lo que respira y metaboliza, lo que se divide y multiplica, lo hace con un solo fin, el de reproducirse antes de morir. Pero nosotros somos diferentes, o al menos, algunos lo somos.
Referencias:
1. Hay evidencia de que la selva tropical amazónica puede sostener hasta un máximo de 0.2 personas/Km2, bajo condiciones básicas de alimentación por cacería de fauna silvestre. Es decir, la selva es extremadamente pobre para alimentar a una población humana y para brindar un adecuado desarrollo tecnológico y cultura.
Meggers, Betty J. (2003-12-19). "Revisiting Amazonia Circa 1492". Science 302 (5653): 2067–2070. doi:10.1126/science.302.5653.2067b. PMID 14684803
Según supe también, la niña había permanecido a la intemperie con sus padres todo el día anterior, mientras éstos se dedicaban a pescar en una de las playas de los tantos ríos que hay por aquí. Entre risas, otros huaoranis vecinos de la familia en luto, me supieron decir que esta niña era esa que "se peleaba con los gallos", porque tenía una cicatriz aparentemente causada por uno de estos animales.
Puede ser tan solo mi impresión subjetiva, pero no puedo evitar una cierta sensación terrorífica de sopresa, porque las muertes no han dejado de ocurrir en el Yasuní, de manera ocasional, esporádica, azarosa si se puede decir, pero de todas maneras, demasiadas frecuentes para mi gusto.
Sorpresa es también la sensación que me causa saber que la niña murió, aparentemente y hasta donde he podido saber, por insolación. Pienso en los padres de esta niña. ¿Cómo pudieron dejar a una bebé a la intemperie, bajo el sol, por tanto tiempo? Una posible respuesta sean sus otros 6 hijos, tal vez agobiados con tanta responsabilidad, su escasa atención no bastó para poder brindar un poco de sombra a la pequeña criatura. ¿Acaso esta muerte tenga también un componente cultural? ¿Qué tan buenos padres son los huaoranis? ¿Qué historia cultural, que necesidades o condiciones, determinan el amor y cuidado que las diferentes culturas alrededor del mundo dedican a sus hijos?
La ley de la selva sencillamente rige su ciega e inexorable voluntad sobre todo ser vivo, simplemente es el más fuerte el que sobrevive y deja descendencia. Pero como ser humano, nacido y críado en una ciudad moderna, me niego a creer que esta fuerza darwiniana se aplique por igual a nosotros los seres humanos. Me niego a aceptar una fuerza brutal y ciega, porque tengo razonamiento y se de nuestra capacidad de someter el ambiente, porque creo en un mundo mejor, de justicia, porque necesariamente creo que estamos aquí para ser felices y no para sufrir.
Pero aquí está la clave del asunto. Porque no todos los seres humanos somos iguales, porque unos han tenido la suerte de nacer en culturas más justas y consientes del valor de la vida, la justicia, el trabajo, la igualdad, la libertad de pensamiento. Porque algunos seres humanos han sido lo suficientemente afortunados de haber nacido en culturas rodeadas por las condiciones geográficas y ambientales necesarias para un desarrollo acelerado hacia el bienestar y una vida más plena y llevadera.
Pero hay otros grupos humanos que lamentablemente han nacido en lugares difíciles, en medio de culturas que posiblemente sean el reflejo de las carencias de su medio. La selva tropical es una paradoja, aparentemente tan rica en vida, pero al mismo tiempo tan pobre y agresiva para la gente (1). Porque el valor de la vida no es definitivamente la misma para todas las culturas del mundo. En este sentido, la muerte parecería variar en intensidad y gravedad dependiendo de qué tan valiosa es la vida para unos u otros grupos humanos.
Así pasa un día en la selva, donde la vida y la muerte son solo un fenómeno más de esta intrincada red de causas y efectos. Porque la naturaleza no tiene nada de buena, pero tampoco de mala, tan solo es irremediablemente insensible a nuestra conciencia, a nuestro conocer de la muerte, de sabernos finitos y pasajeros. Porque en la selva los animales, las plantas, los insectos, todo lo que respira y metaboliza, lo que se divide y multiplica, lo hace con un solo fin, el de reproducirse antes de morir. Pero nosotros somos diferentes, o al menos, algunos lo somos.
Referencias:
1. Hay evidencia de que la selva tropical amazónica puede sostener hasta un máximo de 0.2 personas/Km2, bajo condiciones básicas de alimentación por cacería de fauna silvestre. Es decir, la selva es extremadamente pobre para alimentar a una población humana y para brindar un adecuado desarrollo tecnológico y cultura.
Meggers, Betty J. (2003-12-19). "Revisiting Amazonia Circa 1492". Science 302 (5653): 2067–2070. doi:10.1126/science.302.5653.2067b. PMID 14684803
Etiquetas:
crianza,
cultura,
Darwin,
evolución,
huaorani,
ley de la selva,
muerte,
muerte infantil,
paternidad,
selva,
valor cultural,
wuaorani,
Yasuni
25/10/2009
Los orígenes de la moral
Uno de los argumentos en favor de la existencia de la religión sugiere que ésta es fuente de moralidad y bondad en un mundo inherentemente corrompido por la naturaleza del hombre. ¿Es esto verdad?
¿Dónde surge la moralidad en el hombre? ¿Acaso es posible sugerir que de seguir los diez mandamientos? ¿De las enseñanzas de un libro llamado Biblia o Corán o Talmud? ¿Qué tan probable es esto y que consecuencias últimas tendría tal creencia en la forma en que vemos el mundo y al prójimo?
De ser verdad esto último, tendríamos entonces que discriminar entre diferente dogmas religiosos, o asumir que todos ellos son fuente legítima de moralidad y bondad. Tendríamos que asumir además que la naturaleza del hombre es intrínsecamente negativa y con una tendencia natural a la maldad. Que solo los mandamientos impuestos por un ser sobrenatural, y el temor al castigo proveniente de dicho ser, nos mantiene en el trayecto correcto de la bondad y solidaridad. Que el hecho de ser humano es negativo, que nacimos torcidos y que solo con el temor al castigo divino podemos llegar a ser buenos.
Es difícil poder aceptar un mundo teñido con los oscuros colores que la religión pretende ofrecernos. Pienso que es más probable que nuestra moralidad, nuestro impulso de hacer el bien, se halla profundamente arraigado en nuestro instinto genético. Es el resultado de miles de generaciones antepasadas, de un proceso de selección por el cual aquellos con una tendencia por la solidaridad y la bondad, tan características de nuestra especie, gozaron de mayores probabilidades de dejar descendencia. Es decir, de pasar sus genes altruistas o bondadosos a las siguientes generaciones. En consecuencia, somos los descendientes de todos aquellos hombres y mujeres solidarios. De aquellos que juntos brindaron alivio a sus enfermos, protegieron a sus hijos, juntaron los hombros para defenderse de depredadores y otras tribus, y que construyeron juntos los cimientos de la civilización moderna.
No se hace necesario explicaciones sobrenaturales para entender por qué alguien puede entregar su vida a la ayuda de los más necesitados. Es simplemente nuestra naturaleza humana, nuestro imperativo genético de primates solidarios. Solo así pudimos construir una civilización que hoy explora las fibras más íntimas de lo infinito. Solo por nuestro imperativo moral y nuestra natural tendencia a brindar amor y bienestar podremos continuar en el futuro como especie. Al contrario, muchas enseñanzas religiosas son fuente de conflicto y odio en el mundo.
Dicho esto, piense usted a quien entrega más amor. Lo hace por aquellos que son más cercanos a usted en términos genéticos, sus hijos, sus padres, sus abuelos, sus tíos, su familia, su tribu, sus conciudadanos. Nuestra solidaridad y bondad puede entenderse entonces como una gama en proporción directa a la cercanía genética con otros seres. Mientras más distantes éstos son, menos sentimos el impulso moral hacia ellos. Esto, por supuesto, no quiere decir que no existan excepciones. Pero la excepción, por definición, confirma la regla general.
Las religiones han logrado dar vuelta a la realidad. Han manipulado nuestra natural fuerza moral para convertirla en un culto organizado. Resulta entonces que no es la religión la fuente de la moral; pero es nuestra moral la fuente de la religión
¿Dónde surge la moralidad en el hombre? ¿Acaso es posible sugerir que de seguir los diez mandamientos? ¿De las enseñanzas de un libro llamado Biblia o Corán o Talmud? ¿Qué tan probable es esto y que consecuencias últimas tendría tal creencia en la forma en que vemos el mundo y al prójimo?
De ser verdad esto último, tendríamos entonces que discriminar entre diferente dogmas religiosos, o asumir que todos ellos son fuente legítima de moralidad y bondad. Tendríamos que asumir además que la naturaleza del hombre es intrínsecamente negativa y con una tendencia natural a la maldad. Que solo los mandamientos impuestos por un ser sobrenatural, y el temor al castigo proveniente de dicho ser, nos mantiene en el trayecto correcto de la bondad y solidaridad. Que el hecho de ser humano es negativo, que nacimos torcidos y que solo con el temor al castigo divino podemos llegar a ser buenos.
Es difícil poder aceptar un mundo teñido con los oscuros colores que la religión pretende ofrecernos. Pienso que es más probable que nuestra moralidad, nuestro impulso de hacer el bien, se halla profundamente arraigado en nuestro instinto genético. Es el resultado de miles de generaciones antepasadas, de un proceso de selección por el cual aquellos con una tendencia por la solidaridad y la bondad, tan características de nuestra especie, gozaron de mayores probabilidades de dejar descendencia. Es decir, de pasar sus genes altruistas o bondadosos a las siguientes generaciones. En consecuencia, somos los descendientes de todos aquellos hombres y mujeres solidarios. De aquellos que juntos brindaron alivio a sus enfermos, protegieron a sus hijos, juntaron los hombros para defenderse de depredadores y otras tribus, y que construyeron juntos los cimientos de la civilización moderna.
No se hace necesario explicaciones sobrenaturales para entender por qué alguien puede entregar su vida a la ayuda de los más necesitados. Es simplemente nuestra naturaleza humana, nuestro imperativo genético de primates solidarios. Solo así pudimos construir una civilización que hoy explora las fibras más íntimas de lo infinito. Solo por nuestro imperativo moral y nuestra natural tendencia a brindar amor y bienestar podremos continuar en el futuro como especie. Al contrario, muchas enseñanzas religiosas son fuente de conflicto y odio en el mundo.
Dicho esto, piense usted a quien entrega más amor. Lo hace por aquellos que son más cercanos a usted en términos genéticos, sus hijos, sus padres, sus abuelos, sus tíos, su familia, su tribu, sus conciudadanos. Nuestra solidaridad y bondad puede entenderse entonces como una gama en proporción directa a la cercanía genética con otros seres. Mientras más distantes éstos son, menos sentimos el impulso moral hacia ellos. Esto, por supuesto, no quiere decir que no existan excepciones. Pero la excepción, por definición, confirma la regla general.
Las religiones han logrado dar vuelta a la realidad. Han manipulado nuestra natural fuerza moral para convertirla en un culto organizado. Resulta entonces que no es la religión la fuente de la moral; pero es nuestra moral la fuente de la religión
Suscribirse a:
Entradas (Atom)